De pronto, el arrebato en la contemplación se remansa en la melancolía irredenta que conduce a una infinita soledad:

       "La noche se hace río y se resuelve,
       revelada y desnuda, en tu tristeza.
       El aire fue nevada persiguiendo
               tu voz sin madriguera."

Los que llegaron a conocer a Cayetano Salvatierra Pinelo de cerca dicen que era, como en la definición machadiana, "en el buen sentido de la palabra, bueno", generoso, entusiasta, apasionado de los libros y de la vida. Con este precioso bagaje era casi inevitable que sintiera la atracción imperiosa del poema, para desbordar a través de él los alientos de su inquieta juventud. Por eso, apenas iniciado el camino, todos adivinaron en él la presencia del poeta que, aún con el aguijón de la muerte clavado en sus entrañas, quería dejarnos su huella para siempre.

Tras aquél día fatal y terrible, quedan el vacío y la ternura de una madre arrasada de dolor que, con los versos de su hijo en el regazo -como cuando él era pequeño- ha querido rescatar del olvido las bellas muestras de una poesía nueva, transparente, fresca y vigorosa, que sin duda inscribirá el nombre de Cayetano Salvatierra Pinelo en los mejores trémolos de la literatura universal.

Manuel Barrios.


VI

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