- ¡Quién fuera Bécquer!. ¿Verdad, Cayetano?.

Cayetano mira el río que se lleva en su corriente las rimas del Ángel del Romanticismo. Contiene la respiración y se le llenan los ojos de lágrimas.

Regresamos en silencio. Al fin, le invito a una copa en una tabernita de la esquina de mi calle Parras con la de Relator. Desde la acera de enfrente llega un olor a pan tierno y a fuego de encina: el horno de Las Almenillas. Y un suave ruido de gente que camina saliendo de la capilla de la Iglesia Reformada Evangélica de San Basilio.

Vamos, Cayetano, es la hora de irte para tu casa en el Pasaje Mallol. Su padre era un hombre alto, delgado, de finos ademanes. La madre una señora de bondadoso gesto. Algunas veces, cuando había conciertos o recitales, venían al Conservatorio.

Cayetano recitaba muy bien, e interpretaba el teatro con gran apasionamiento. Pero lo suyo, más que la interpretación, era la creación. Poeta a raudales. Y soñador de calles, rincones, balcones con macetas. Torres y espadañas por San Julián, por la Macarena, por Omnium Sanctorum. Sevilla para deambular pensando... y amando.

- ¿Amando a quién, Cayetano?. ¿De cuál de ellas te enamoraste?.

Y Cayetano sonríe y calla. Y sonriendo y callando, y sufriendo, se nos fue. Sólo nos quedan en las manos su recuerdo romántico y un puñado de versos que en este libro encontrarás, amigo lector. Buenos versos. Como todo lo suyo.

José María de Mena.


IX

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