Escribiendo, echó de menos, así, de pronto, la acción, el argumento, el desarrollo concatenado de una faena mortal. Allí no pasaba nada. Ni pica, ni estocada, ni sangre, ni amoríos. Algo había que hacer. Le daban ganas de coger a su personaje por el cuello, zarandearlo y espetarle: o haces algo o te exprimo los sesos, pantomimo. Miró al cielo, tiró el cigarro y se preguntó: qué más.

Le quedaba más de medio folio y, sólo de pensarlo, se mareaba. Fue pensar esto mismo y encontrar hermosa la palabra: marearse. De mar en mar, así escribía, y las marejadillas de la intermitencia. Había veces que no dominaba el peso de la pluma, único remo; otras era bien ligero; a veces repetía, a veces acertaba con alguna novedad. Le dolía la cabeza de tanto fumar, pero valía la pena si esto le ayudaba a seguir: encendió uno más, chupó, sintió el estómago en la boca, se inclinó a un lado pero no movitó, tomivó, qué mareo, cerró los ojos, mo-vi-tar... Por fin, como colocando con pinzas cada sílaba, logró saber qué no había hecho: Vo-mi-tar. (Con frecuencia, se le descomponía una palabra y no daba con el orden justo. En estas ocasiones, no sólo la palabra, el mundo se le mudaba dentro de sí y no concertaba realidad alguna: quedaba deprimido).

Pobre cuento, extraordinario cuento, interminable cuento. ¿Qué sería de él?. Escrito con tanto amor, tanta petulancia, tanto viva la vida. Pero al final todo acaba: hasta la felicidad, hasta la rapidez, hasta el final. Él había creído que detrás del acto (el acto de crear) venía la gloria, y detrás, la inmortalidad. Como si de pronto ahora se diera cuenta de que se trataba de cierta solución de continuidad, de que su rapidez no devenía a rapidez de los hechos, de que su final (el del cuento) no implicaba el parón de los astros.

Convencido de que el éxito no le lamería la mano en cuanto la alargase, pero aún estimando una cabalística traducción de ciertos términos al alemán, y saboreando ya el "boom" de su próxima obra (porque ésta sí sería reveladora), convencido, digo, de que al éxito hay que domarlo con arte y paciencia, se dió prisa en terminar y, al fin, lo hizo. ¡Diáfano! -sentenció. Recogió los folios, pagó el café y se fue.
 


© CAYETANO SALVATIERRA


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