Sebastián se despertó recordando partes enteras de la conversación. Especialmente lo que le oyó a él, porque no lo esperaba, y porque de ella le impresionó más la desesperanza con que lo oía, el interés con que se explicaba, la confusión en que se sumía.

- "Si es que a mí me da coraje esta mujer, es que me cabreo porque no tengo más remedio, mira, Sebastián, ahora dice esas cosas porque estás tú delante, porque se deja influir por cualquiera, porque no tiene personalidad, sin embargo, después cuando estemos en la cama, le digo yo cuatro cositas, le hago así, y me dice que sí me quiere, que soy lo mejor para ella y todo eso, porque eso es lo que pasa, que tú la oyes y te imaginas que soy de una forma, pero no sabes lo que dice cuando está conmigo sola, y no es que yo sea machista, sino que sé cómo son las mujeres y eso hay que saberlo y hay que estar de vuelta".

- "Pero fíjate, Sebastián, yo soy precisamente el que le ha dicho a ella que cuando le den permiso a su amiga, que es otra igual, coja diez días también y se vayan las dos por ahí, a ver si les sale una aventurilla y viene más tranquila, si a mí no me importa, si yo he sido el primero en decírselo, ella sabe que lo que no quiero es, vamos, que sea algo, que si no es más que eso, me parece muy bien, ahora que distinto sería con un tío que lo que va es a intentar seducirla, y a venir luego por detrás de mí diciéndole pero si ese, ese no es más que eso, con eso no puedo estar de acuerdo, porque yo creo que hay que ser honrado y al día siguiente tener respeto y saber controlarse, ¿tú no sabes que una vez fuimos a Marruecos porque quería acostarse con un moro?, pero no se acostó, no".

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