Él trabajaba solo y durante la noche. Su trabajo consistía en ordenar las estrellas, hacer que se movieran al unísono y compuestas. Que no llorara la noche ninguna lágrima errante y errónea. Hasta que el amanecer extendía su sueño de luz, su malla de olvido, su poso celeste agotado el zumo de las sombras. Pero a este relojero de las constelaciones le rondaba una hora que nunca han marcado los relojes.

Y es que ella, la inesperada, la imaginaria, ni remota ni posible, sino increíble y secreta, como una estrella no catalogada en planos ni razones estelares, incógnita y efímera, actriz de las tramoyas ocultas al luminoso escenario de los dramas, ella, la insospechada, la invisible, la única deseada, le visitó tres veces, treinta, trescientas. Porque una vez llegada se multiplicó al infinito: pensada, observada, preguntada, replicada, centuplicada, en los fascinantes espejos de la duda, del deseo, de las voces amigas y los espectros negros.

Crisantemo todo: el cielo completo. De pronto, él iba apagando lejanísimos soles, sometiendo el espacio al vacío que sentía. A veces, prendía manojos de mundos en el centro del universo, que centelleaban como la esperanza en el fondo de sus ojos. Sus ojos eran entonces mundos perdidos, universos abiertos. Una endiablada metáfora de amor lo encandilaba, un indescifrable mensaje de vida o muerte lo absorbía, un golpe impalpable lo desahuciaba.

Se ponía la noche por montera, medusa volandera, mata, moño, cresta, fuente de magia negra. Fábulas de cristal, -filos de vidrio-, para ser desmentida le ofrecía. Su risa desnudaba almas en pena. Tres veces la solicitó por esposa.

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