Palabras le dio para más allá de la muerte; besos, en el más acá de la punta de sus dedos; tiempo, el que ella quiso tomarle y el que ella le invadía; ¿joyas?, ¡ay!, demiurgo de los astros, señor de los númenes, autor de historias sin edades, no poseía un solo brillante, una moneda de oro, un miserable título. Jugó con ella con la imaginación de un niño y fue juguete suyo, enhebrado el pensamiento en las enaguas de su enigma. "Pasaba por aquí", -parecía decir, como si en la inocente atribulación de sus párpados describiese una tonta caída del Olimpo.

Y, como si allí hubiera regresado, en una última prueba de inmortalidad, dejó olvidado su abandono. Volvieron a crecer las sombras y a girar las estrellas solitarias y uniformes. Pero ahora, (y desde entonces), alguna se confunde y resbala, desasistida y perpleja, y se disipa fugaz, como los sueños atravesados en un segundo. Y es que, desde entonces, (como ahora), él interrumpe un instante su trabajo para escribir, poeta en soledad, el nombre de su amor y el santo y seña de su sino, como en un acertijo que cualquiera adivina y nadie desenreda. Porque no se desvanece. Porque no olvida que, generosamente, le fue perdonada la vida: no lo mató con sus ojos fatales, ni lo apartó, malherido y ajena. Lo tuvo en jaque, eso sí, lo izó como bandera -consumido-, de pirata, lo arrió como a vela sin aliento, lo paseó por la tabla y le enseñó los dientes; pero no lo mató con sus ojos letales. Y, en la noche final de su única visita, bailó para él, oferente y cohibida, una danza pagana de algún pueblo antiquísimo.


© CAYETANO SALVATIERRA


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